Hace tiempo que tenía ganas de contar esta anécdota, sobre todo para quienes hayan escuchado al menos de pasada el famoso tango "Cambalache" sin entender a qué se refiere la conocida expresión "y herida por un sable sin remache ves llorar la Biblia junto a un calefón". Hice una búsqueda rápida para confirmar la versión que yo conozco (y no ponerme demasiado imaginativo), y me di cuenta de que alguien ya la contó de forma muy acertada. No tendría sentido buscarle la quinta pata al gato porque me gustó mucho la explicación de la que hablo, así que la transcribo.
El tango Cambalache es la más famosa obra que compuso el gran poeta
Enrique Santos Discépolo. Aunque hayan pasado más de 75 años desde su creación, su letra sigue manteniendo enorme vigencia, como un claro reflejo de la sociedad. La frase que junta a la Biblia con un calefón es una pegada magistral, quizás la de mayor repercusión en esa histórica letra. Pero ¿cuál es su significado?
Cambalache fue compuesto en 1934 para la película "El alma del bandoneón", estrenada al año siguiente. Allí lo interpretó el cantor Ernesto Famá acompañado por la orquesta de Francisco Lomuto.
La obra nació durante la Década Infame, a la que denuncia Discépolo en varias de sus letras. Como respuesta de gobiernos autoritarios, en distintas etapas de la historia negra de nuestro país, fue censurada. Pero siempre renació con toda su originalidad. Particularmente en Argentina, Uruguay y Colombia, el término cambalache refiere a una prendería, lugar de compraventa de enseres usados.
El sable sin remaches, la Bilbia y el calefón
Un autor anónimo comienza advirtiendo: ”La historia tiene relación con los baños, la higiene personal y la forma de realizarla por entonces, que hoy mucha gente, especialmente jóvenes, pueden no haber conocido atento al tipo de baños que hoy se usan. Al menos en el mundo occidental y cristiano.
Los baños actuales y que suelen ser llamados ‘completos’, constan como mínimo de retrete inodoro, lavabo, ducha y bidet. Hasta finales del siglo XIX se utilizaban bacinillas (también llamadas ‘tazas de noche’), cuyos contenidos eran arrojados por las ventanas al grito de ¡Agua va! Antes aún, había letrinas, que solían estar en los fondos de las casas”.
“En Buenos Aires –prosigue el autor anónimo- coexistieron bacinillas y letrinas hasta principios del siglo XX, época en que las familias ‘acomodadas’ comenzaron a instalar baños. Luego su uso se generalizó casi en toda vivienda, incluso en las modestas. El sencillo ‘miniambiente’ constaba al menos de retrete y lavabo. Si los lujuriosos dueños de casa practicaban la morisca costumbre de lavarse todo el cuerpo más o menos seguido, siempre que contaran con medios económicos suficientes como para costearse ese capricho, los baños también tenían una ducha. Claro, si había una ducha era necesario calentar el agua, así que al lado de la ducha se instalaba un calefón”.
“Sin embargo –según esta singular historia-, el papel higiénico tardó en obtener su carta de ciudadanía para poder trabajar en limpio en aquellas sucias tierras. Cuando apareció, era bastante caro y no estaba al alcance de todas las familias. Entonces se veían obligadas a utilizar para esos fines sanitarios el vulgar papel de diario o, en su defecto, cualquier otro. Era muy estimado un papel más sedoso; así que los sufridos usuarios trataban de conseguir en las verdulerías y fruterías los papeles con los que venían envueltas las manzanas y otros productos de campo”.
Y aquí aparece La Biblia en escena. “Otro muy apreciado era el llamado ‘papel biblia’, especialmente delgado y suave. Ahora bien, ya por entonces existía la Sociedad Bíblica, una de cuyas misiones era la de difundir la biblia protestante, para lo cual regalaba ejemplares del sagrado libro (obsequio que en la actualidad lo sigue haciendo).