El día que conocí a Mary E., un día de verano de 2007, realmente
terminé hablando con una puerta; bueno, más que hablar con una puerta,
escuché los sollozos y las plegarias que venían del otro lado de esa
puerta. Hablé con Terence, el esposo de Mary durante 15 largos años.
Mary aceptó verme porque a mi edad era imposible que trabajara para
algún periódico y en realidad, yo no parecía otra cosa que un estudiante
obsesionado con algunos temas, ocupado en su carrera y -si todo salía
de acuerdo al plan- esperanzado en escribir algunas piezas de ficción,
en algún momento; y eso era todo lo que yo era.
Obtuve la dirección de su casa y acordé visitarlos en un fin de
semana en el que yo estaría en Chicago visitando a una tía. Terence me
recibió, Mary se había encerrado en su habitación. Acampamos junto a la
puerta durante media hora. Terence intentó calmarla, convencerla de que
saliera, pero fue inútil. Me entretuve tomando notas desde el banquillo
en el que el marido me instaló. No quise dar la entrevista por perdida y
traté de escuchar la discusión, captar algún dato. No logré entender
mucho de lo que Mary dijo, estaba histérica y no paraba de repetir
algunas cosas sobre sus pesadillas.
