En más de una ocasión se ha mencionado en este blog la progresiva
desaparición de ciertas costumbres y tradiciones, así como también de
personajes que, durante mucho tiempo, formaron parte de la identidad de
nuestra gente (de nosotros, digamos). El avance tecnológico, el afán
consumista, la superexposición a la que nos someten los medios de
comunicación (y de contacto) actuales, los intercambios globalizados,
van transformando los hábitos de las personas y la manera en que encaran
las relaciones familiares y sentimentales, el trabajo, el ocio, etc.
En
cuanto a los niños y niñas, el grado de evolución y la facilidad de
acceso a dispositivos tecnológicos parece potenciar una parte del
desarrollo intelectual de los mismos, al tiempo que las habilidades
sociales que podemos llamar "clásicas" van perdiendo terreno. Los chicos
están más despiertos pero su forma de relacionarse con pares y mayores
va cambiando: hay contextos donde los intercambios cara a cara son
requerimiento (escuela, club, iglesia, taller), y momentos donde el
enlace tecnológico exige cierto tipo de reclusión. Para comunicarse con
los demás primero hace falta construir ese lugar de aislamiento.
Por
supuesto que este cambio también es vivenciado por los adultos de la
actualidad, con la diferencia de que su crianza constituyó un proceso
llevado a cabo del otro lado de la brecha que separa a los nativos digitales de los que no lo son.
