lunes, 29 de junio de 2015

ADIOS, AMOR OSCURO - de Roberta Lannes



Una historia relativamente corta aunque bastante fuerte, muy recomendable. Contiene algunas referencias sexuales explícitas, vaya el aviso.
También va mi agradecimiento a Laura, que hace tiempo me recomendó este texto :)



Marla pasó los dedos por el dobladillo de su bata de felpa y separó la parte delantera. Se
inclinó hacia la cama donde yacía el cuerpo, inmóvil y muerto.
Dejó que la bata resbalara por sus hombros. Produjo un sonido apagado, como el aleteo
del ala de un cisne, cuando golpeó el suelo. Ella se miró los pechos, y luego volvió la mirada
hacia la forma que se volvía gris lentamente. Agarrándose un pezón, buscó con la otra mano
el cuerpo y la exquisita erección que se alzaba por encima de la ancha banda elástica. Su
mano envolvió la vara mientras manipulaba el pezón hasta endurecerlo. Jadeó mientras
sacudía el pétreo miembro a la vez que se masajeaba, se provocaba, se excitaba. Sus dedos se
movieron hacia su entrepierna, separando los labios, ansiando el nudo de carne. Se tocó. Se
estremeció. Vibró llena de urgencia. Sintió que se aproximaba al clímax.
-No, no -susurró-. De esta forma no.
Le soltó y se recuperó, junto a su mente, del lugar en el que había estado. Se obligó a
pensar en el exterior, la parada de autobús donde la gente esperaba que sus vidas volvieran a
empezar, intercambiando mentiras y miradas cansadas. Escuchó sus voces distantes. Ruidos
de motor. Oyó su reloj. La radio sonaba suavemente en la habitación principal. Música.
Juguetona. Muy lejos. Calma.
Un llanto. El bebé. El bebé de la señora López.
Marla sonrió.
Tan perfecto.
Tan nuevo.
Tan in... pero no.

Agarró la erección con más firmeza. Lujuria. Sólo podía ansiar. Montó en él. Dirigió la
vara de color de remolacha hacia la boca de su calor y se introdujo en ella. Orgasmo. Una y
otra vez. Agitó el pene en su interior. Un carámbano implacable en su frío contra su vivo
calor.
De repente la ácida peste de la orina la abrumó. Ahora no podía ignorarla. Los
recuerdos de las habitaciones en parques, en la ciudad, en las aceras, la estación de autobuses.
Peste. Frío. Oscuras paredes grises con turbantes blancos de papel enrollados contra ellos,
arcos fecales como los gritos de un artista hacia lo establecido. ¿Por qué allí? ¿Por qué había
querido él siempre hacerlo allí?
Allí. Entonces. Los días mejores. La vez que la había llevado a la feria. Hacía calor, sol.
Ella llevaba el vestido nuevo que él le había comprado. Rosa. Muy corto. El ganó para ella un
pulpo de juguete, le compró un helado, se montó con ella en la montaña rusa. Cuando se toparon
con los dos hombres con los que él trabajaba, la presentó como «mi mujer». Ellos le
sonrieron y dijeron que era muy hermosa. Un choque. El la miró aquel día. La miró de
verdad. Como si la viera por primera vez. Aquello le hizo esperar que las cosas cambiarían.
Tal vez. Algún día.
Ella se vio a sí misma entonces, sonrió, y luego se vio aquí, ahora, empalada en su
miembro sin vida, estático. En sus términos por una vez. La llamada a la puerta la sobresaltó.
Se quedó inmóvil. Su pie empezó a contraerse. No podía oír ninguna voz, ningún sonido
más que su propio aliento enfurecido. Como un disparo. Otro shock. No podía ser nadie
importante. No había nadie. El pánico giró en su interior. Apretó los dientes. Entonces,
suavemente, los pasos marcaron la retirada del extraño, fuera quien fuese.
Marla suspiró, aliviada.
Una leve jaqueca, un ligero dolor se levantó en su interior, rompiendo la furiosa lujuria,
escalando hacia su garganta hasta que un pequeño grito sobrepasó sus labios. Sus amigos.
¿Dónde estaban ahora? Una vez, él les había dado la bienvenida, había disfrutado de su risa,
de su cálida compañía. Luego, uno a uno, les fueron prohibidos. Nunca volvió a verlos.
Estaban apartados del mundo de él, un mundo que decía era mejor que no conociera. Un
mundo sobre el que ella nunca se permitió sentir curiosidad. Después de todo, ella tenía a alguien que la amaba, alguien que la protegía. No tenía amigos. Ella dejó que él se convirtiera
en su mundo, se permitió formar parte del mundo de él en lo que pudo.
Entonces llegó el día en que supo que la había protegido demasiado bien.
Salió de él y se levantó. Caminó alrededor de la cama, poniéndose la bata, mirándole.
Su cara, en la muerte, era aún hermosa. Los claros ojos azules permanecían muy abiertos. Los
agujeros de la nariz ensanchados. Los labios carnosos, entreabiertos. Invitando. Ella acercó su
cara a la de él. Pudo oler el alcohol familiar. Amargo. Cubrió los labios de él con los suyos.
Su boca buscó calor, lugares familiares. El tomó su calor, pero no lo conservó.
Ella le acurrucó y sintió la sombra de las cinco de la tarde creciendo en sus frías
mejillas.
La débil luz que se abría paso entre sombras amarillas daba a la habitación un ambiente
de ensueño. Solo ahora, junto a él, ella tuvo su sueño. El sueño que había sentido tanto miedo
de acariciar, incluso para sí, durante tanto tiempo. El sueño de elegir. «Otro hombre,
cualquiera menos él.»
Ella no sabía cuándo cambió su amor, su lujuria, su ansia de él. Cuándo su llegada le
hacía acobardarse. Cuándo su olor le hacía darse la vuelta. Cuándo su contacto la insultaba.
Pero cuando esto cambió, también lo hizo ella. Lenta. Firmemente. Por fin, irrevocable,
completamente. Lo que había entre ellos ya no parecía agridulce, eléctrico. Ella se dio cuenta
de que él libraba una batalla, donde ella era el enemigo involuntario. Era él, victorioso,
saboteador, astuto, brutal, implacable. Un ejército de un hombre en una guerra sin una causa
política, sin provocación, sin razón. Un día era alegre, juguetón. Al día siguiente era cruel. Y
todos los días después, hasta que algo en ella cambió su devoción por una semilla de odio. La
semilla se multiplicó a un puñado, un cubo, un barril, hasta que nada pudo contenerla toda.
Hasta hoy.
El le dejó su dinero, sus pertenencias, pero ahora tenían para ella poca importancia. Ella
quería a alguien más. Un hombre que pudiera amarla tiernamente, abiertamente,
amablemente. Cualquier hombre valdría. Ahora podía elegir. Dejaba atrás sus cadenas. Su
muerte era el permiso definitivo. El le dejaba su propia vida. Eso era lo que podía esperar.
Ella le miró con dureza. Un nuevo poder fluyó en su interior.
-Nunca volverás a decirme que nadie más puede poseerme. Y nunca te oiré mentir... que
nadie más que tú podría hacer que me corriera.
Ella se arrodilló cerca de su cara, dejando que la bata se abriera del todo. Sus dedos se
dirigieron a la abertura entre sus piernas, separando los labios aterciopelados, tocando el
capullo de piel que crecía en el interior. Sus dedos se movieron rápida, ansiosamente. Su otra
mano acercó uno de sus pechos a su boca. Su lengua jugueteó con el pezón, lamiéndolo hasta
que se volvió rojo, duro.
-Mírame...
Su voz era un ronco susurro. Se meció sobre sus dedos, gimiendo.
Cayó sobre la cama, exhausta, y jadeó, sofocada. La había agotado. Permaneció
tumbada unos minutos hasta recobrar la respiración.
Entonces se acomodó sobre una almohada y alargó la mano en busca del paquete de
cigarrillos que había sobre la mesilla de noche. Encendió uno. Le echó humo ala cara.
Mientras daba largas caladas jugueteó con las pequeñas cicatrices redondas que había sobre su
estómago y pecho. Haciendo girar la colilla entre sus dedos, apretó el extremo encendido
contra la carne de su mandíbula que notaba arrugada y húmeda. El cigarrillo salió con un
siseo.
En ese momento, recordó una tarde después de un largo día en la playa. Ella se había
quemado mucho con el sol. Él se había preocupado mucho. La había untado con linimento y
compresas frías. Toda la noche, hasta que finalmente se quedó dormida, él la agarró de la
mano, le puso cubitos de hielo en sus labios hinchados, la arrulló con palabras dulces. A la
mañana siguiente, antes de que se hubiera despertado por completo, estaba encima de ella,
tomando lo que según él le debía. El dolor...
-¿Te gusta? Me dijiste que el dolor y el placer estaban unidos... Muy unidos. ¿Vale
también para ti? ¡Bastardo! ¿Qué sabías? Sólo quisiste marcarme de por vida para que nadie
más me deseara. Te aseguraste, ¿no? Te encantaba lastimarme. Sabías que tendría que mentir
a quien las descubriera. Sabías que las mentiras serían inútiles porque todo el mundo se daría
cuenta de qué eran. Sabías que nadie se atrevería a sospechar de ti. No. Sólo Marla, la rara,
podría hacerse eso a sí misma. ¡Ja!
Encendió otro cigarrillo.
El acondicionador de aire silbó y luego traqueteó una vez más antes de ronronear de
nuevo. Su masa oxidada y oscura en la ventana permitía que los sonidos de la calle se
filtraran. A menudo, ella había imaginado que era una enorme radio transmitiendo la música
de la ciudad. El sonido puro. Los lamentos. El silbido del viento. El rugido de los motores. El
latido de la lluvia. Las sirenas. La música que sólo ella podía entender. El la llamaba rara,
tonta. Nunca había comprendido nada. Ella le quemó la mejilla. El pelo chisporroteó. Apestó.
Ella podía oír los autobuses en marcha. Los frenos chirriaban. Todos los mentirosos, los
violadores, los tramposos, los hijos de puta, los gilipollas, los atormentadores, los
complacientes, los locos auténticos, estaban allí. Empaquetados juntos, de camino a sus
infiernos individuales. Pronto vendrían más. De pie sobre su ira sin fundamento, ensuciando
sus decepciones, mostrando falsa esperanza bajo sonrisas de plástico. Después de todo, ¿qué
otra cosa había en el mundo? ¿Qué?
Una a una, dejó que las pequeñas quemaduras ardieran en su pecho hasta que un
corazón empezó a tomar forma. El sonido, como el maullido de un gato, la relajaba. Se echó
hacia atrás la bata y miró al corazón tatuado en su estómago hacía mucho tiempo. No sonrió.
No le parecía hermoso. Ni se lo parecería a nadie. El lo sabía. Ella le puso el cigarrillo en el
ombligo.
Estaba empezando a apestar. Como a mierda. Como a verduras de lata estropeadas.
Como a moho y orín y sudor y vómito y enfermedad. Ella jadeó. Abrió la llama del
encendedor para que saliera como un soplete. Tocó uno de sus ojos con la punta de la llama.
Casi esperó que se cerrara por reflejo. El ojo chisporroteó y reventó. Ella contuvo la respiración.
La llama quemó el ojo entero lentamente, dejando un negro pozo de humo. Se dirigió
al otro ojo. Jadeando, renunció a continuar.
Ya era hora. Entró en la cocina y encontró un gran cuchillo de trinchar, una caja de
velas aromáticas y seis grandes bolsas de basura.
Encendió las velas primero, y las esparció por la habitación. El olor de él pareció
reducirse. Entonces, empezó a desmembrar el cuerpo cuidadosamente. Intentó hacerlo bien.
Era mucho más difícil de lo que había esperado. El cuchillo requirió toda su fuerza para poder
cortar el hueso.
Llenó las seis bolsas en el cuerpo ahora simplificado, las sábanas y su bata. Las ató. En
la cocina, lavó el cuchillo y lo puso en el sitio donde lo había encontrado. Entonces tomó una
larga ducha caliente, se secó, se vistió, hizo tres maletas y empezó a poner orden.
Fue de una habitación a otra, recordando. Las habitaciones estaban llenas de recuerdos,
muchos de ellos buenos. Las cortinas que él le compró porque tenía que tenerlas. El sofá y la
butaca que ella vio en el catálogo de Sears que él tenía que tener. Su cepillo estaba en el
lavabo, todavía lleno de su suave pelo marrón canoso. El par de gafas que usaba para leer la
guía de televisión. A ella le encantaba ver la televisión con él.
Se dirigió al teléfono y llamó a un taxi.
Se maldijo por ser demasiado joven para conducir. Dentro de unos meses cumpliría
dieciséis años. Entonces volvería y cogería su coche. Hasta entonces, tendría que ser paciente.
Por fin, arrastró las seis bolsas, una a una, hasta la puerta trasera. La abrió y las dejó en
el callejón. Cerró la puerta, mirando las seis brillantes bolsas negras perfectamente atadas.
Melancólicamente, se dio la vuelta.
El claxon del taxi sonó en la puerta delantera.
-Bueno, supongo que llegó el momento de decir adiós, papá. Gracias por todo. -Se encogió de hombros-. Gracias por nada.
Dejó que el taxista sacara sus maletas. Se quedó de pie ante la puerta intentando
recordar qué sentía al amarle. No sintió nada.
Cerró la puerta y salió al mundo que la esperaba.


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