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sábado, 13 de mayo de 2017
GRANDE PA !
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domingo, 22 de enero de 2017
domingo, 1 de julio de 2012
Amor de madre
Existen ciertas historias que circulan en variedad de versiones, con algunos añadidos o detalles divergentes; historias que, en definitiva, son una sola. En esta ocasión les traigo una de esas historias repetidas a la vez que singulares. Su autora, la Prof. Ana Elizabeth de la Zerda, se basó en ciertos sucesos ocurridos en la provincia de Tucumán para hilar este relato.
El invierno en Tucumán suele ser benévolo cuando el sol de la tarde calienta la piel de aquellos que osan subir, a la siestita, por las enmarañadas rutas al Cristo Bendicente. Sin embargo, cuando al viento se le ocurre involucrarse en la placentera diversión, los vellos de los brazos comienzan a levantarse alarmados por el incipiente frío.
Muchos visitantes empiezan a colocarse sus camperas y, varios turistas atrevidos, aprovechan la compra de la mañana para cubrirse con ponchos y algún sombrero de gaucho. Se resisten a dejar el lugar hasta que el sol decide abandonarlos y, uno tras otro, empiezan a emigrar.
Mariano, Juan y Fran decidieron esperar un poco. Aún sabiendo que era peligroso bajar de noche, lo preferían a tener que seguir la procesión de autos, motos y bicicletas que formaban, a un ritmo regular, una fila india por el único y angosto camino.
Con la compañía indispensable del mate, se refugiaron bajo un grupo de árboles donde aprovecharon para una mano de truco.
El frío había dejado desolado el lugar. Hasta los vendedores habían huido. El viento empezó a golpear más fuertemente y su voz distante advertía a los amigos que era hora de regresar a la ciudad. Los tres se levantaron y corrieron a sus autos para emprender el descenso.
La ruta parecía más oscura que de costumbre, alumbrada apenas a dos metros por los faros del Renault 19. Las luces de la ciudad aparecían esporádicamente entre la tupida vegetación, recordando el destino que se hacía, cada vez, más anhelado. El silencio era profundo. Juan manejaba pero ninguno de los tres apartaba la vista de la ruta.
Fran estiró su mano para encender el estéreo. La familiar melodía relajó los músculos tensos de los tres y creó un ambiente aislado de la oscuridad inmensa que los rodeaba.
Poco tiempo tuvieron para darse cuenta, en una curva, de que un auto venía de frente. La luz del otro vehículo les advirtió, segundos antes del encuentro, y una maniobra los salvó de una tragedia.
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