Normalmente no hablaba mucho de sus días como obrero, pero nos dijo un día que, en el invierno de 1989, creo, no podía dormir. El autobús hizo una parada cerca de un puesto de tacos. Los tacos olían rico, y todos los del autobús hicieron cola hacia el puesto de tacos, ansiosos mientras se les hacia agua la boca. El hombre detrás del mostrador era muy amigable, dijo, pero había algo un poco raro en él. El hombre removía la humeante, sazonada carne en las calientes tortillas de harina como una máquina, tomando el dinero con una mano y entregando el plato lleno de tacos con la otra.
“¡Tacos De Venado!”, gritaba. Aparentemente vendía tacos de carne de venado, o carne de ciervo. “¡Cómprense taquitos de venado, son muy deliciosos!”
Mi papá debatía el hecho de gastar dos dólares del dinero que con tanto esfuerzo ganó. Afortunadamente, mi padre es impaciente, y odia las filas largas, así que volvió al autobús y se durmió.
El próximo invierno el autobús volvió a parar en el puesto de tacos, y otra vez se hizo la larga fila, dijeron que estaban adictos a los tacos, cada año esperaban impacientes el llegar al pequeño y deslucido puesto de tacos. Mi padre, por supuesto, se quedaba en el autobús. Estaba acostumbrado a sentir hambre, vivió con ello toda su infancia, sobreviviría. Entonces volvió a dormirse, soñando con el caldo de pollo que mi mamá prepara, con tortillas calientes (las cuales ya podíamos comprar).
