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jueves, 31 de enero de 2013

ALARIDOS EN EL HORNO


Otra historia escalofriante, nuevamente no recomendable para personas sensibles.


Las notas habían sido un éxito. Seis en total, largas, detalladas y morbosas (por su realismo, no por exageración), y el público argentino había respondido comprando más ejemplares de la revista "Perfil". Y esa mañana el Jefe de Redacción me exigía una más, "solo una"; había que exprimir el tema.
La Catalepsia o "Muerte Aparente" siempre había capturado la atención de todo mortal desde que Edgar Allan Poe escribiera su "Entierro Prematuro" (Premature Burial, 1831) contando casos que pasaron entonces. La verdad es que no tenía más material (ni el-de-reserva, con que cuenta todo periodista) así que miré mi panel de corcho, en la pared, donde durante más de dos meses de 1983 me había dedicado a estudiar esta oscura afección. A ver: le podía pasar a cualquiera, pero eran propensos los epilépticos, aunque fueran leves.
Un buen día, cualquier vecino despertaba en la mañana y comprobaba con sorpresa que no podía moverse. Ni siquiera la jaula toráxica respondía a su voluntad. El corazón no se alteraba pese al pánico y uno parecía no respirar, aunque sí lo hacía con la lentitud con que un yogui muy avanzado realiza sus ejercicios de Pranayama (control de la respiración, más o menos). No podía tragar, ni cerrar los esfínteres, ni abrir los párpados...
Tampoco el alarido de su esposa alteraba sus funciones vitales, ni el diagnóstico del médico cuando lo pinchaba y comprobaba su "muerte". No podía tampoco tener el consuelo de la embriaguez del mareo o el desmayo: estaba ardientemente despierto, en vigilia total. Luego venía lo acostumbrado; las bromas de "Los Capilleros", que son las personas que preparan el cadáver para ser presentado en la Capilla Ardiente en ese show que los cristianos (entre otros) llamamos "velatorio". Bromas, bofetones, a veces vejaciones (una parte de estos individuos es gay, los otros heterosexuales pero tengo un informe espantoso sobre sus actividades) y la tortura del "Mortician Makeup"; el "maquillaje" que se les realiza a los difuntos, terrible para alguien vivo: pegamento en los párpados para que estos no se abran, relleno de algodón en el interior de la boca y más pegamento en los labios, quebrar algún codo o rodilla para que se acomode si el "Rigor Mortis" lo vuelve muy duro (otra característica de la Catalepsia), y luego la vestimenta, los afeites y el peinado.
Alguna familia pudiente, conocedora de este mal, prolongaba hasta 72 horas el velatorio. Pero si era un cataléptico pletórico (que acababa de comer) el contenido del estómago se fermentaba y comenzaba a salir por sus canales naturales, pareciéndose esto a la D.N.C (Descomposición Natural Cadavérica.), por lo cual el pariente era enterrado rápidamente.
Luego, claro, despertaba.
Últimamente (desde 1978) se somete a todo "muerto sospechoso" a un electroencefalograma, donde sí, se revela la vida del presunto muerto.
Pero... ¿en cuantos pueblos o comunidades del tercer mundo hay electroencefalógrafos?
Muchos turistas terminaron gritando en el ataúd de un exótico país extranjero.
Después estaban los húngaros.
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